Troyanas - (c) Sergio Parra

Troyanas

Empecemos por lo obvio, por lo que no tiene que ver con lo artístico del montaje pero que no por ello es menos importante, sobre todo cuando el público paga dinero por la entrada: Troyanas no era un buen espectáculo para el Teatre Grec de Barcelona. Y no lo era porque estaba pensado con iluminación lateral y precisaba de una enorme estructura para colgar los focos. Estructura que obstaculizaba la visión a la gente que estábamos en el lateral (que sí, que son las entradas más baratas, pero en ningún sitio decía antes de compralas que tenían visibilidad reducida, que es lo que hay que avisar cuando entre público y acción se interpone un gigantesco andamio) y focos laterales que, básicamente, cegaban a ese mismo sector del público. Ver a los actores de perfil o de espaldas a través de un andamio con una luz roja apuntándome a los ojos no es, desde luego, la mejor experiencia que recuerdo como espectadora, pero, quiero que eso quede claro, esta incomodidad no hizo ni mejor ni peor el espectáculo que vi.

Troyanas habla de lo que sucede con los vencidos después de una guerra. En este caso, con las mujeres y los niños, los miembros más vulnerables de la sociedad, los más frágiles. El texto es potente y plantea en cada uno de los personajes conflictos y problemas distintos que, aún con la distancia de siglos, no cuesta identificar en la actualidad y ponerles nombre. Es por eso que no entendí la insistencia de Portaceli en ilustrar las escenas con imágenes de refugiados de distintas épocas del siglo XX (reconozco que desde mi privilegiada posición tampoco se veían especialmente bien, por lo que puede que me perdiera alguna o identificara mal la época). Una de las grandezas de las tragedias griegas es que, si se trabaja bien la dramaturgia siguen igual de vivas hoy que cuando fueron escritas, el recurso de las proyecciones me pareció una forma innecesaria de guiar al espectador y convertir un texto potente en una arenga.

En un escenario prácticamente desnudo y con una puesta en escena bastante estática, el drama se basaba en un declamar lento y bien punteado de gritos desgarradores, que rozaba la monotonía en muchos momentos. En todos los casos las escenas se alargaban más de lo necesario y el dramatismo, en lugar de envolver todo el ambiente, se limitaba a explosiones que desaparecían tan rápido como aparecían.

En un reparto que intentaba aunar, con escaso éxito, los estilos interpretativos catalán y mesetario destacó el trabajo de Miriam Iscla, Pepa LópezMaggie CivantosAitana Sánchez–Gijón me hizo sufrir por sus cuerdas vocales durante todo el rato (se le notaba la voz sobreesforzada y al borde de la lesión) y Ernesto Alterio me sorprendió en el peor sentido de la palabra con una interpretación sobreactuada más allá de los límites que marca el buen gusto.

Actualizar los clásicos, especialmente cuando su mensaje sigue vigente, siempre es una buena idea, pero quizá valdría la pena que, en el proceso, no se perdiera ni su esencia ni sus virtudes.

 

Troyanas

Autoría: Eurípides. Versión y traducción: Alberto Conejero. Dirección: Carme Portaceli. Asesoramiento de texto: Margarita Borja. Interpretación: Aitana Sánchez–Gijón, Ernesto Alterio, Gabriela Flores, Maggie Civantos, Alba Flores, Míriam Iscla y Pepa López. Banda sonora: Jordi Collet. Escenografía: Paco Azorín. Movimiento: Ferran Carvajal. Vestuario: Antonio Belart. Diseño de iluminación: Pedro Yagüe. Diseño y dirección de producción: Sandra Avella. Ayudantía de producción: Miguel García de Oteyza. Ayudantía de dirección: Judit Pujol. Gerencia en gira y regidoría: Isabel Echarren. Fotografías del cartel: Sergio Parra. Diseño de vídeo: Arnau Oriol. Distribución: Rovima Producciones.

Sala: Teatre Grec. Data: 30/07/2017. Fotografía: (c) Sergio Parra.

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