Amanda T

Amanda Todd tenía solo 13 años cuando mostró sus pechos desnudos a un hombre que había conocido por Internet. Lo hizo en su casa, a través de una webcam, después de un año hablando con esa persona. Dos años después, Amanda se suicidó. Lo que sucedió entre esos dos hechos es una de las historias de ciberacoso y acoso en las aulas más desagradables que conozco. El sistema y la sociedad fallaron por completo a una niña que, sin haber cometido delito alguno, acabó siendo víctima de todo tipo de humillaciones. Tratar su historia en una pieza de teatro documental era una oportunidad única para poner sobre la mesa temas importantes relacionados con la seguridad en la red, la doble moral, el género, la educación sexual, la educación tecnológica y el acoso. Sin embargo, el montaje Amanda T decide explorar otros caminos.

De hecho, Alex Mañas, autor y director de la pieza, apuesta por plantear la única pregunta que siempre tiene una respuesta clara en estos casos: ¿de quién fue la culpa? No lo dudes, la culpa es de quien captura una imagen (la del topless de una menor, en este caso) sin consentimiento, la distribuye sin permiso y amparado en el anonimato y repite la acción cada vez que la chica cambia de colegio para intentar empezar de cero. Ese es el único culpable. El culpable del acoso es el acosador. Da igual que la víctima sea rara, tenga comportamientos que desafíen la moral establecida, se muestre sexualmente accesible o cometa alguna imprudencia. El culpable de que tenga lugar una situación de acoso es el acosador, y nadie más. Después, claro está, encontramos a los que se suben al carro (alguien grita “puta” y los palmeros aparecen solos) y los que podrían hacer algo para reparar el daño pero en el fondo también piensan que la chica se lo ha buscado.

Y eso es lo que hace el montaje Amanda T durante una hora y media, insinuar que sí, que vale, que lo que le hicieron a Amanda, qué putada y tal, pero oye, que, en el fondo, la chica se lo buscaba, que era un poco ligera de cascos, algo ingenua, pero lo suficientemente madura (os recuerdo que murió a punto de cumplir los 16, tal vez fuera madura, pero no había vivido lo suficiente para aprender a navegar en los fangos de la doble moral, para adquirir la necesaria hipocresía que te permite ponerte el mundo por montera) y que quizá más que una víctima fue solo una pieza más de su propia desgracia.

Así, el montaje se centra en dar voz a todo el entorno de Amanda sin profundizar en ningún momento en los motivos reales ni, por supuesto, en la destrucción psicológica de la chica, que al final de su vida tenía diversos problemas de depresión, ansiedad y pánico, se autolesionaba y había llevado a cabo dos intentos fallidos de suicidio. No, la Amanda del montaje está siempre entera, incluso sexy, es divertida, es magnética, es la dueña y señora. Como si, en realidad, el acoso no pasara factura.

En ocasiones, no se trata de si el montaje es bueno o malo. De hecho, como montaje, Amanda T es un acierto. La escenografía y las luces de Marc Salicrú aportan el toque de sordidez que sin duda busca el director, y las interpretaciones de Greta Fernández y Xavi Sáez son interesantes, llenas de matices y emoción. En ocasiones, sobre todo cuando se tratan temas que trascienden la ficción, hay tener en cuenta el discurso. Y, sintiéndolo mucho, yo no puedo estar de acuerdo con este.

 

Amanda T

Dramatúrgia y dirección: Àlex Mañas. Reparto: Greta Fernández y Xavi Sáez. Ayudante de dirección: Sarah Lena Martínez. Escenografía: Marc Salicrú. Diseño de luces: Marc Salicrú. Teaser: La15:23 Produccions. Fotografía: Rubén Suárez. Comunicación: Anna Bellorbí.

Sala: Sala Atrium. Fecha: 02/11/2016. Fotografía: (c) Rubén Suárez.

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