El hijo del acordeonista - Teatro Valle-Inclán.

Conexión Madrid: El hijo del acordeonista

Aprovechando las vacaciones de Semana Santa, he pasado unos días en Madrid y, como no podía ser de otro modo, aproveché el viaje para echar una ojeada a la cartelera. Al final me decidí por ir a ver El hijo del acordeonista, una coproducción vasca, adaptación de la novela de Bernardo Atxaga, que me dejó una sensación agridulce. Hubo cosas que me encantaron y otras que no tanto. La principal, y más grave, fue la elección del texto: El hijo del acordeonista es un texto muy poco teatral. Y no digo que no me gustara la historia, los personajes o el argumento, ojo, que me encantaron. Pero el conjunto tenía un problema y es que las historias río, que tan bien funcionan en cine o literatura, pueden resultar tediosas en teatro.

El hijo del acordeonista nos narra la vida de éste desde su infancia y juventud en un pueblo de Euskadi a su vida adulta en Estados Unidos. En total, unos cuarenta años condensados en dos horas y un montaje necesariamente fragmentado en el que, sobre todo al principio, se cambia de escena cada dos minutos. Todos esos cambios para pronunciar dos frases y mostrar el paso del tiempo acaban haciéndose pesados. Sin embargo, hacia la mitad, el montaje encuentra por fin su ritmo y atrapa con su historia de terrorismo, traición, secretos y desamor.

Una de las cosas que más me gustaron de este trabajo fue la escenografía. Por un lado, el escenario a dos alturas con cuatro cortinas en la parte superior, que subían o bajaban para mostrar distintos ambientes. Esta configuración hacía que los constantes cambios fuesen, al menos, ágiles, y permitía una versatilidad muy interesante. Por otro, el uso de los acordeones como elementos constantes en las escenas, ya fuera como intrumentos musicales, piedras de río, instrumentos de tortura, metáforas de un incencio o un respirador artificial, dotaba al montaje de una atmósfera coherente y original. Yo, que cada vez estoy más harta de las escenografías realistas que tratan al espectador de teatro de ser sin imaginación, disfruté con las imágenes que evocaban las escenas y el uso creativo de los elementos y la utilería.

Sin embargo, había un acordeón que sí resultaba molesto, el que sonaba. Durante toda la obra se oye de forma más o menos constante una melodía de acordeón. Esta melodía acentúa lo que vemos sobre el escenario y genera un ambiente concreto. Hasta aquí, todo bien. El problema llega cuando los actores tienen que hablar al mismo tiempo que suena el instrumento. Intenta hablar por encima de un acordeón (si coges el metro a menudo, me entenderás), es casi imposible. De modo que había momentos en los que la melodía tapaba la voz de los actores (que no es que no estuvieran proyectando la voz) y, claro, molestaba.

A pesar de todo, El hijo del acordeonista es un montaje interesante, especialmente por su estética, que vale la pena descubrir.

 

El hijo del acordeonista – Autor: Bernardo Atxaga. Adaptación: Patxo Telleria. Director: Fernando Bernués. Reparto: Joseba Apaolaza, Mattin Apaolaza, Aitor Beltrán, Mireia Gabilondo, Amancay Gaztañaga, Asier Hernández, Mikel Losada, Anke Moll, David Pinilla, Iñaki Rikarte, Vito Rogado, Iñaki Salvador, Mikel Telleria y Patxo Telleria. Voces en off: Iñaki Telleria y Patxo Telleria. Sala: Centro Dramático Nacional. Teatro Valle-Inclán. Fecha: 27/03/13.

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