Cine - La tristura - (c) Mario Zamora

Cine

Antes de empezar la función de Cine, cada persona del público recibió unos auriculares inalámbricos. Mientras nos los probábamos y un miembro de la compañía nos explicaba el funcionamiento básico, esa misma persona nos informó de que hacía 9 años que La tristura, una compañía con gran prestigio en el circuito independiente de Madrid, no pisaba Barcelona. Parece mentira que, tan a menudo, los dos centros teatrales más importantes de la Península sean tan impermeables.

Y es que me cuesta entender que una propuesta tan interesante como Cine haya tenido que venir a Barcelona en el contexto de un festival. Cine aborda el tema de los niños robados en España, y lo hace con una propuesta que huye de sentimentalismos y demagogias, con un montaje donde la sobriedad es la nota principal (una sobriedad tal que me hizo caer en la cuenta, no sin sorpresa, de lo poco sobrio que es el teatro que frecuento).

El relato nos presenta a Pablo, un hombre de unos 30 años, adoptado al poco de nacer, que desconoce quiénes son sus padres y hasta la fecha de su nacimiento. A través de él descubriremos algunos pormenores de un tema que en España, sencillamente, no existe. Su historia, una historia corriente llevada con mucha normalidad, podría ser la de 300.000 personas, según estimaciones, pero el desconocimiento y el secreto es tan grande, que, en realidad, parece que no le estuviera pasando a nadie.

La pieza se desarrolla detrás de una gasa, como si fuera una pantalla de cine, y el sonido nos llega a través de los auriculares, lo que genera una sensación extraña en la que conviven la forma en la que vemos y conectamos con el teatro y la forma en la que vemos y conectamos con el cine. Los personajes y las escenas que se muestran están siempre cargadas de significado, nada de lo que se dice o se hace en escena está dejado al azar o es supérfluo. Y aunque al principio parece que asistimos a dos relatos más o menos independientes o complementarios, al final todo confluye en un anticlímax que nos lleva a un final que no es. Esa es tal vez la apuesta más arriesgada del montaje, dejarnos a todos como se deja a esos niños robados, flotando en un limbo donde nada acaba, donde todo está en suspenso.

El relato principal va acompañado de una reflexión más amplia y poética sobre, precisamente, ese pasar por la vida, una reflexión encarnada en un grupo de niños que, de alguna manera, observan el universo como quien va al cine, aún desde fuera, aún como si todo fuera un juego. El contrapunto dulce para un trago bien amargo.

Sobre el escenario, tres intérpretes, un músico, Pablo Und Destruktion, el protagonista, y dos actrices, Itsaso Arana (coautora, codramaturga y codirectora de la obra junto a Celso Giménez) y Fernanda Orazi, que interpreta con acierto y solvencia toda una galería de personajes, desde los más amables a los más siniestros. Los tres, como decía al principio, hacen un trabajo sobrio y elegante que, personalmente, me fascinó.

Cine aborda un tema complicado y duro con una sencillez encomiable. Sin más aspiración que poner sobre la mesa un tema silenciado, es para mí el ejemplo perfecto de cómo los escenarios pueden convertirse en altavoces para temas que no se pueden ni mencionar en cualquier otro foro o medio. Un trabajo meticuloso, honesto y comprometido, con una puesta en escena fascinante. Esperemos que, después de esto, La tristura no tenga que esperar 9 años más para pisar nuestra ciudad.

 

Cine

Compañía La tristura. Autoría, dramaturgia y dirección: Itsaso Arana y Celso Giménez. Intérpretes: Itsaso Arana, Fernanda Orazi y Pablo Und Destruktion. Voces: Roberto Baldinelli, Javier Gallego, Miren Iza, Eduardo G. Castro y Adriana Salvo. Escenografía: Ana Muñiz. Diseño de iluminación y dirección técnica: Eduardo Vizuete. Ayudantía técnica: Roberto Baldinelli. Diseño de sonido: Eduardo G. Castro. Ayudantía de dirección: Violeta Gil y Emilio Rivas. Fotografía: Mario Zamora.

Sala: Mercat de les Flors. Sala Ovidi Montllor. Fecha: 22/07/2017. Fotografía: (c) Mario Zamora.

Deixa un comentari